"Siempre hubo preguntas que no cabían en un aula ni en un tweet. Preguntas sobre el cuerpo, sobre el miedo, sobre lo que nos han dicho que debemos ser. Entretejidas nació para eso: para explorarlas con rigor, con rabia, con humor, y sin pedir permiso."
Esta edición se organiza en tres secciones con nombres tomados del oficio de tejer: Hilo para la columna principal, Nudo para los artículos de fondo, y Aguja para el análisis de coyuntura.
Hace no tanto tiempo, cuando aún era estudiante, hubo un momento en que el feminismo parecía ocuparlo todo. Hoy ya se habla de una supuesta era posfeminista. ¿A quién le conviene esa narrativa?
Hace no tanto tiempo, cuando aún era estudiante, hubo un momento en que el feminismo parecía ocuparlo todo. Fueron los primeros años donde el 8M dejó de ser un día donde se entregaban flores —mis últimos años de colegio— y se empezó a reconstruir como un día pensado desde la reflexión política y social, ya en mis primeros años de universidad. Un día que se comenzaba a conceptualizar como una deuda pendiente hacia niñas y mujeres de la que era necesario hacerse cargo.
Soy parte de la generación que experimentó esa transición en la que el movimiento feminista volvió a entenderse como tal y que creció hasta casi comerse el espacio público. Los casos de La Manada, Nabila Rifo y Lucía Pérez —todos cometidos en 2016— nos espantaron a todas y desvelaron algo de lo que no se hablaba cuando mis amigas y yo estábamos creciendo: que la violencia no es un exceso, sino una estructura. Una idea que nos fue siendo más natural en la medida que leíamos, compartíamos experiencias, discutíamos en los foros universitarios y llevábamos estas discusiones de vuelta a la casa. Fue un momento en que tomamos la herencia de tantas otras feministas antes de nosotras, y recordamos que es necesario quitar la máscara que oculta estas violencias. Así, en unos pocos años, la ola feminista llenó calles, universidades, parlamentos y sobremesas.
Pero con la institucionalización parcial de algunas demandas, la cooptación de ciertos discursos y el desgaste lógico de toda movilización social, hemos sido también una generación que ha visto como se ha comenzado a instalar otra idea. La de que el feminismo ha cumplido su función histórica. Que la igualdad está, si no lograda, al menos suficientemente encaminada y que las feministas han desaparecido lenta pero seguramente de la agenda pública. Esta idea la escucho más y más en los talleres que doy en organizaciones en ambos lados del Atlántico: la idea de que hablar de género ya no es necesario.
Y qué más me gustaría a mí y a todas las que trabajamos en este tema que ese fuera el caso. Poder no tener que pensar en cómo nos afecta la vida después del embarazo, en cómo la identidad se nos ve permanentemente alterada una vez que llega la etiqueta de madre por sobre persona, no tener que pensar en la brecha salarial ni en tener que callarnos las bromas incómodas de la oficina.
"¿Dónde han estado las feministas? Un llamado constante que todas conocemos de cerca."
El concepto sugiere que el feminismo pertenece al pasado. Que fue un movimiento necesario para corregir injusticias, pero que hoy resulta exagerado, innecesario e incómodo. Bajo esta lógica, cualquier nueva denuncia de desigualdad o violencia es rápidamente interpretada como victimismo, radicalismo o nostalgia política —que no se limita a los padres de generaciones anteriores, sino que se expande a compañeros de sociología y ciencias políticas, a activistas por movimientos con los que incluso compartimos espacios, y también mujeres que hoy, al sentir cómo la importancia de la agenda de género se desvanece, lo quitan de sus talleres y currículums.
Pero frente a esa narrativa conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿a quién beneficia un mundo posfeminista? Beneficia a quienes prefieren presentar las desigualdades como anomalías individuales y no como estructuras. A quienes pueden negar la violencia machista sin tener que confrontar los datos. A quienes convierten la igualdad en un eslogan vacío mientras recortan políticas públicas o cuestionan derechos ya conquistados.
El término posfeminismo no es nuevo. Se usó ya en 1919 como parte de quienes querían distanciarse de los movimientos feministas de la época. Volvió en los años 80 de manera más sistemática como una ideología que «incorpora, revisa y despolitiza muchos de los asuntos fundamentales avanzados por el feminismo» (Giraldo, I., 2019. Debate Feminista, 59, 1–30). Es decir, el posfeminismo nace como una apropiación de los logros del movimiento feminista pero rearticulados en clave de autonomía individual, despolitizando sus críticas y organización.
No es casual que esta narrativa resurja precisamente cuando el ultraconservadurismo ha dejado de ser un ruido de fondo para convertirse en el centro de nuestras políticas. En el número creciente de países, gobiernos y parlamentos promueven recortes en políticas de igualdad, eliminan el lenguaje de género de leyes y programas, o directamente niegan la existencia de las violencias de género. ¿A quién beneficia esto? ¿A las mujeres? ¿A las niñas? ¿A las futuras generaciones?
Declarar que vivimos en una era posfeminista no es un diagnóstico inocente sino una estrategia política.
No se trata de repetir consignas ni de aferrarse a una identidad política por inercia, sino de reconocer que los derechos no se sostienen solos. Si hoy parece que el feminismo ya no ocupa el centro del debate, no es porque haya dejado de ser necesario, sino porque existen fuerzas muy concretas interesadas en sacarlo de allí.
"¿A quién beneficia un mundo posfeminista?"
Martina Hartwig · Entretejidas Edición 01Como mujeres aprendemos a convivir con el miedo. El terror no se limita a un susto repentino; se construye lentamente sobre miedos que ya existen. Y el cine los ha materializado con toda su crudeza.
Como mujeres aprendemos a convivir con el miedo. Desde el más cotidiano, como caminar frente a un grupo de hombres en cualquier momento del día, hasta temer por la propia vida en una relación violenta. Incluso cuestiones más vinculadas al cuerpo generan una mortificación constante, como la apariencia física, el peso, la menstruación o la maternidad. Desde el cine se han retratado las vivencias de las mujeres a través de distintos géneros, pero el terror es aquel que ha materializado estos miedos y los ha mostrado directamente. El terror no se limita a un susto repentino; se construye lentamente sobre miedos que ya existen.
Uno de los espacios más hostiles para las mujeres es la calle, el espacio público en general. Socialmente se nos ha confinado a lo doméstico; la calle pertenece a los hombres, y las mujeres solas somos vulnerables en ese espacio, un blanco, una presa fácil. Rita Segato (2018) ha señalado que el cuerpo de las mujeres es un territorio donde se inscribe un mensaje, y quienes lo inscriben son hombres que deben probar, mediante el sometimiento de cuerpos feminizados, su hombría. Se castiga a quienes desafían lo que la estructura patriarcal y heteronormada establece —el recato sexual, por ejemplo— y el agresor se percibe a sí mismo como restaurador del «orden natural».
Sobre este tema pienso en la película iraní Una chica camina sola de noche (2014), de Ana Lily Amirpour. En ella el miedo se invierte; en una ciudad ficticia, una vampiresa caza hombres que ejercen violencia. Al ser ella el monstruo, reclama la calle. La película convierte a la «presa» en el peligro, poniendo de manifiesto la rabia que históricamente nos han negado. En esa misma línea puede ubicarse Una mujer prometedora (2020), de Emerald Fennell, que —aunque encaja más en el thriller— también moviliza a la protagonista desde esa rabia para confrontar los abusos sexuales.
"El cine de terror nos atrae porque nos permite ver de cerca esos miedos y, en ocasiones, apropiarnos de ellos."
Kiamara MenesesSi bien uno de los miedos está afuera, otros habitan en nuestros propios cuerpos. Liuba Kogan (1993) señala que estos han sido gestionados como objetos de consumo para un mercado que exige juventud y funcionalidad, convirtiéndolos en mercancías que se deprecian con el tiempo. Con esta idea encaja La Sustancia (2024), de Coralie Fargeat, donde la protagonista se somete a una mutilación biológica en un intento desesperado por no dejar de «existir» socialmente al envejecer. El body horror muestra la repulsión que podemos llegar a sentir hacia nuestro propio cuerpo y hasta qué punto estamos dispuestas a manipularlo para encajar en estándares hegemónicos.
Por último, uno de los miedos más ligados a la experiencia femenina —y que no se discute lo suficiente— es la maternidad. Possession (1981), de Andrzej Żuławski, lo retrata de manera muy intensa; la protagonista no huye de un asesino, sino de la institución del matrimonio y de los roles de esposa y madre que la asfixian. Su transformación en algo «monstruoso» es, en realidad, su única vía de escape. Tanto así que prefiere la posesión demoníaca antes que seguir siendo propiedad de un hombre y ser madre.
El terror tiene mucho de ficción, pero también de realidad. Entender que nuestro miedo tiene una raíz nos permite dejar de ser espectadoras pasivas y buscar vías para resistir. Porque el peligro real no está en lo sobrenatural —como un monstruo en un lago o un demonio que se manifiesta como una monja—, sino en el sistema que nos obliga a vivir en alerta.
En Madrid hay una moda silenciosa que me tiene fascinada. Son las señoras de pelo corto con canas orgullosamente teñidas de morado, verde, azul o rosado. Salen con sus amigas sin pedir permiso, sin disculparse por seguir vivas y visibles.
En Madrid hay una moda silenciosa que me tiene fascinada. No son las clean girls, aunque tengo que admitir que ese peinado engominado, perfecto, no me ha resultado nunca. Es algo que no he visto en América Latina: son las señoras de pelo corto con canas orgullosamente teñidas de morado, verde, azul o —a veces— rosado.
Cuando era adolescente la moda Tumblr nos tenía a todas tratando de convencer a nuestras madres de que el pelo rosa, por lo menos una mechita en la nuca donde nadie la viera, era lo máximo. Era una cosa de adolescentes millennial probando límites; y hoy son ellas, con sus arrugas y cervezas, las que se reapropian esos colores en Malasaña o Usera. Salen con sus amigas sin pedir permiso, sin disculparse por seguir vivas y visibles.
Me parecen fascinantes porque son, aunque quizás ellas no lo pongan de esta manera, una invitación a cuestionarlo todo. ¿Qué pasa cuando hemos criado hijos, pagado hipotecas, cumplido roles, y de pronto la casa queda vacía? ¿Qué nos impide salir a tomar cerveza, reconectar con las amigas o teñirnos el pelo de fucsia?
"Porque envejecer, nos han dicho, es perder. Pero estas mujeres sugieren lo contrario: quizás perder el miedo sea ganar libertad."
Como mujeres, como hijas, como nietas que fuimos —siempre disponibles, siempre receptivas a los juicios de otros— ese pelo rosa me parece un acto brutal. Es el tratar de romper límites que le pusimos al género y a la edad: salir, tomar, arrendar un departamento con amigas a los setenta y seis. Atreverse porque nos damos permiso. Reemplazar las preguntas del ¿y ahora qué? ¿qué queda de mí cuando ya no sirvo para sostener a otros?, por el ¿de qué manera me quiero volver a encontrar conmigo misma?
En lo personal, envejecer siempre me ha aterrado. Esa pérdida de vitalidad, de estatus, de atractividad —por qué no decirlo— es algo que me genera ansiedad. Pero así como las mujeres hemos ido redefiniendo las etapas vitales en nuestros propios términos, exigiendo una maternidad más corresponsable, retrasando el matrimonio para priorizar los estudios, pensando en el éxito laboral y la estabilidad, me pregunto por qué no lo haríamos también con la vejez.
Pensar en una vejez ya no necesariamente como nido vacío, sino como oportunidad de volver a conectar con nosotras mismas, de priorizarnos, de hacer nuevas redes, de disfrutar del tiempo libre que hemos ganado y hacer un último esfuerzo por descentrar todo aquello que nos ha dicho que nos dota de valor.
Mientras más miro a las señoras salir a tomarse algo con sus amigas con sus pelos azules y morados, menos miedo me empieza a dar envejecer. Quizás este puede ser también una etapa de disfrute y autoconocimiento, quizás las feministas también podemos redefinir la tercera edad, llegando lentamente ahí para expandir los márgenes de algo que nos han dicho que tenemos que luchar en contra. Algo en pensar la vejez ya no como soledad sino como una posible experiencia colectiva con mis amigas, con una forma de expresarse que vuelva a romper quizás al menos con un esquema, me hace sentir que no puedo esperar para ser parte.
¿Porque es más radical, me pregunto yo, que disfrutar de la vejez siendo mujer?
"¿Qué es más radical que disfrutar de la vejez siendo mujer?"
Martina Hartwig · Vino sin AñosUna selección de cine iraní protagonizado y dirigido por mujeres, o que pone el cuerpo femenino en el centro de su política visual.
En un pequeño pueblo del Medio Oriente, una enigmática mujer satisface su sed de sangre eliminando a los criminales de la comunidad. El primer "western vampírico iraní". Oscura, poética y absolutamente feminista.
En la década de los 70, Marjane es una niña iraní que ve cómo los fundamentalistas toman el control de su país. A medida que crece, se rebela contra las injusticias. Animación de autor basada en la autobiografía de Satrapi.
Un grupo de mujeres iraníes intenta entrar disfrazadas a un estadio de fútbol —prohibido para ellas por ley. Una película sobre el absurdo de la discriminación institucionalizada, rodada en tiempo real.
En tiempos de guerra, los titulares suelen hablar de ejércitos y estrategias. Detrás de esas palabras frías se esconden cuerpos concretos: los de las niñas. Hablar de ellas no es un gesto sentimental, sino político.
En tiempos de guerra, los titulares suelen hablar de ejércitos y estrategias, de avances militares y sanciones internacionales. Sin embargo, detrás de esas palabras frías se esconden cuerpos concretos, rostros concretos: los de las niñas. Niñas que crecen entre las ruinas de las escuelas, niñas que aprenden a correr antes que a leer, niñas que ven cómo su infancia se convierte en una zona de duelo permanente.
Hablar de ellas no es un gesto sentimental, sino político. Como recuerda Rita Segato en La guerra contra las mujeres, los conflictos armados no suspenden el patriarcado sino que lo transforman. La violencia doméstica, muchas veces vista como un fenómeno «privado», puede disminuir en registros estadísticos durante las guerras; pero no porque haya menos violencia, sino porque se desplaza hacia otra forma: la violencia contra las mujeres como colectivo.
"En los escenarios bélicos, los cuerpos femeninos son tratados como territorios: se convierten en botines y advertencias que los hombres dirigen entre sí."
Rita Segato · vía Martina HartwigLas niñas, en ese contexto, encarnan una doble vulnerabilidad. Representan el futuro de una comunidad y, al mismo tiempo, el blanco de quienes buscan borrarlo. Sufren matrimonios forzados, mutilaciones, secuestros o desapariciones; su educación se convierte en una amenaza para quienes pretenden controlar la memoria y la libertad. En países como Irán, Afganistán o Sudán, el acceso de las niñas a la escuela no es solo un derecho, sino un acto de resistencia.
Por eso es necesario mirar más allá de la cifra oficial. Entre los desplazamientos, las hambrunas y las desapariciones, hay una erosión invisible que es la de la subjetividad femenina. Las niñas, al ser privadas de educación, de movimiento o de juego —tan importante en la infancia—, no solo pierden años de desarrollo sino también la posibilidad de construir una identidad fuera del miedo.
Muchas veces al hablar de las niñas aparece el comentario: ¿por qué no hablar de los niños, cuyas infancias también se ven coartadas? Y es verdad: los niños son reclutados como soldados a temprana edad, explotados en trabajos forzados o expuestos a violencia extrema que marca su desarrollo. Pero los efectos son distintos. Mientras los niños se transforman en hombres y pueden encontrar múltiples posibilidades de desarrollo —aunque truncados por la violencia—, las niñas ven sus posibilidades de carrera, familia e identidad limitadas por fuerzas culturales mayores a ellas mismas, como matrimonios precoces, roles reproductivos impuestos o la negación sistemática de su autonomía. Esta disparidad no invisibiliza el sufrimiento de los niños, sino que subraya cómo el género amplifica la vulnerabilidad de las niñas.
Hablemos, entonces, de las niñas de Irán, y de todas las niñas que crecen en medio del fuego cruzado. No para convertir su sufrimiento en espectáculo, sino para reconocer que sus cuerpos son el campo de una guerra que no termina con los bombardeos.
Si te mueven las luchas feministas, las resistencias cotidianas o las historias que se tejen desde los márgenes, este espacio también es tuyo. Leemos todo con cariño y atención. Queremos seguir entretejiendo voces diversas.
martina@entretejidas.org
Socióloga de la Universidad Católica. Fundadora de Entretejidas, laboratorio feminista para América Latina. Doctoranda en Ciencias Políticas sobre el Retroceso en Políticas Públicas de Género en América Latina.
Socióloga por la UNMSM y especialista en Género por la UCM. Ha sido docente del curso Género y Sociedad (UNMSM). Investiga temas vinculados a violencia basada en género y población LGTBI, con experiencia en políticas públicas, poblaciones vulnerables y enfoques transversales.
"Explorarlas con rigor, con rabia, con humor, y sin pedir permiso."